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Carta del Sr. Arzobispo

En la Fiesta Cristiana del Trabajo - 28/04/2013

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Queridos hermanos y hermanas:

El próximo miércoles, 1 de mayo, celebraremos la memoria de San José Obrero, la fiesta cristiana del trabajo. Saludo cordialmente a todos los trabajadores de la Archidiócesis, a cuantos no tienen trabajo o lo realizan en condiciones precarias o que degradan su dignidad. Saludo también a los jóvenes, víctimas más directas de la crisis económica, junto con las mujeres y los inmigrantes. Manifiesto a todos mi solidaridad y cercanía. Saludo también a cuantos vivís la fe y el compromiso cristiano cerca del mundo de los trabajadores, los miembros de la HOAC, la JOC, Hermandades del Trabajo y la Delegación Diocesana de Pastoral Obrera.

El mundo obrero, al que este organismo diocesano quiere servir, está sometido hoy a una profunda transformación y se da en él una gran variedad de situaciones. El mundo obrero se encuentra en la industria y los servicios, en el campo, el mar y la emigración. Está formado por quienes trabajan legalmente y por los que lo hacen en la economía ilegal o sumergida. Esta formado, sobre todo, por los seis millones de parados, muchos de los cuales viven situaciones límite como consecuencia de la pérdida del subsidio de desempleo, de la casa en ocasiones, y en tantos casos la pérdida de la esperanza, que ha llevado a algunas personas a la desesperación y al suicidio, y en el mejor de los casos a depresiones y graves trastornos psicológicos. Quienes tienen trabajo, a menudo sufren contratos intermitentes o a tiempo parcial, o han sufrido un recorte en sus retribuciones. En consecuencia, en nuestros barrios abundan familias con dificultades de subsistencia y grandes penurias. Particularmente sangrante es el caso de tantos jóvenes, en ocasiones muy bien preparados, sin esperanza de obtener un primer empleo, o si lo tienen, sometidos a una continua movilidad, con salarios bajos, inseguridad en el trabajo y la amenaza siempre latente del despido, que les impide programar su futuro y fundar una familia.

Dando por bueno que no es justo identificar al mundo obrero con el mundo de los pobres, es también verdad que una parte muy considerable del mundo de los pobres pertenece al mundo obrero, porque existe una relación estrecha entre las situaciones laborales a las que me acabo de referir y el mundo de la pobreza y la marginación. La comunidad cristiana no puede vivir de espaldas a estas situaciones. "La Iglesia –escribió el Papa Juan Pablo II en Laborem exercens- está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo”. Por ello, ha de prestar una atención y dedicación especial al mundo del trabajo. Así lo ha hecho a lo largo de los últimos ciento cincuenta años, en que ha ido enriqueciendo su Doctrina Social, que hoy, en un contexto de liberalismo económico arrollador, es más necesaria que nunca.

En ella se pondera la necesidad de poner en primer plano la dimensión humana del trabajo y de tutelar la dignidad de la persona, pues la referencia última de la vida económica no puede ser el capital y el lucro, sino el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. El trabajo responde al plan de Dios. A través de él, desarrolla la obra de la creación y participa de su poder creador. De ahí la enorme dignidad del trabajo, que debería ser siempre ocasión de crecimiento de las personas y de la sociedad, y de desarrollo de los talentos personales, para ponerlos al servicio del bien común, en espíritu de justicia y solidaridad.

Hoy, más que nunca la Iglesia necesita militantes cristianos en el mundo obrero, que desde la comunión profunda con Jesucristo y la fidelidad a los trabajadores, proclamen el Evangelio del trabajo, evangelicen a sus compañeros, sean levadura, luz y sal en los lugares de trabajo, realicen un discernimiento cristiano de los acontecimientos que afectan a los trabajadores, alcen la voz ante situaciones de injusticia o de explotación y, sobre todo, anuncien a Jesucristo vivo con la palabra y con el testimonio luminoso de su propia vida. Condición inexcusable es la comunión con la Iglesia, pues como dijera Benedicto XVI a los movimientos apostólicos obreros, “sólo una adhesión cordial y apasionada al camino eclesial garantizará la identidad necesaria, que se hace presente en todos los ámbitos de la sociedad y del mundo, sin perder el sabor y el aroma del Evangelio”.

Promover laicos cristianos con estos ideales es la tarea propia de la Delegación de Pastoral Obrera, que goza del apoyo explícito del Arzobispo. Ojala sean muchos los sacerdotes, consagrados y laicos que se impliquen en esta pastoral específica, para testimoniar a Jesucristo y su Evangelio en el mundo del trabajo, el único camino válido para la reconstrucción de la persona y de la sociedad.

Para todos, y muy especialmente para los militantes cristianos en la Pastoral Obrera, mi saludo fraterno y mi bendición.

 


+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

 

 

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